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El Poeta del Surrealismo Plástico

Cuando ya se ha hecho, como en mi caso, el parcial recorrido en el número de sus obras, pero exhaustivo en el espíritu de ellas, de un pintor, se tienen las condiciones, así no sean las ideales, de estimar su valor y su resonancia creadoras.

Lo digo de entrada, y sin cargo de conciencia alguno, sino con bien fundado orgullo: Vito Campanella es un gran pintor, al que es justo situar entre los mayores maestros surrealistas de todos los tiempos, y cuyas pinturas son, indeclinablemente, modelo de inspiración y de perfección.

Desde sus comienzos –cercanos a los paisajes metafísicos de quien fuera su mentor y también en parte su guía, el ya inmortal creador italiano Giorgio De Chirico (de quien se pueden, a su vez, encontrar algunos sugestivos antecedentes en los lejanos pero no postergados murales del magnífico Giotto, y no creo que sea coincidencia que los tres autores hayan nacido en las siempre espléndidas tierras de Italia)–, nuestro artista ha manifestado sinceramente su rechazo a las circunstancias crudamente reales de la existencia que, en particular, suele perjudicar a la capacidad artística, dados sus poco franqueables límites; en cambio, él ha abierto ampliamente –para felicidad de todos, y en particular de sus fieles admiradores–, las compuertas de su imaginación, de su fantasía, de su talentosa inteligencia y de su muy frondosa inventiva. Lo conozco desde hace ya varias décadas, pero aún cuando su estilo suele resultarme familiar, no puedo acostumbrarme a la recurrencia de su genio imaginativo; a las sorprendentes y cada vez inéditas arremetidas de sus tempestuosos arranques expresivos, que tanto se parecen a los detalles de una narración colmada de inesperadas sensaciones; a su inquieto carácter artístico, verdadera rara avis en el panorama de las artes visuales, y no sólo de las argentinas. Son todos hechos artísticos que provocan una sorpresa muy agradable, un estupor artístico muy valioso, y la opinión –por cierto que muy generalizada en todos los sitios en los que Campanella ha exhibido o dejado ver sus obras–, de que se trata de uno de los escasos llamados por la fama, y ungidos por el reconocimiento total y más reconfortante.

Dueño de un diseño que sólo puede ser comparado con el de los mayores exponentes visuales del Renacimiento, y perspicaz poseedor de una paleta que acostumbra inclinarse –con pocas y fulgurantes excepciones– por los tonos fríos del espectro, consigue, empero, y sin el menor tropiezo, una sensación francamente cálida con sus telas. Todas ellas son fundamentalmente humanas, tanto en sus exposiciones temáticas como en sus adecuadas y venturosas narraciones. Campanella –creo haberlo ya manifestado durante mis precedentes opiniones y no incurrir, por lo tanto, en inútiles reiteraciones– va a las raíces del alma y, con ellas, a las de los mitos, las leyendas, las epopeyas o todas las demás aventuras del espíritu y sabe verterlas con ejemplar claridad, con desnudadora intención.

Quien se interne en la espectacular y también pródiga selva de sus cuadros, tropezará a menudo; no con molestos o incómodos matorrales, sino con seductoras, encantadoras y fascinantes floraciones, esencia y carácter de su destellante estilo. Siempre respetuoso de las emociones humanas, y siempre también dispuesto, con su pintura, a consolarlas y a repararlas; decidido siempre, sin una sola fractura en su determinación, a mejorarlas con la tan infrecuente hechicería de sus cuadros, ante los cuales se rinden todos los sentimientos, con notorio predominio de los mejores.

Pero no quiero despedirme de las páginas de este libro –cuya escritura, y gracias al constante contacto con las telas de Campanella, me ha producido tantas alegrías, tantas satisfacciones–, sin antes recordar una afirmación, originada hace ya casi cinco siglos. Shakespeare –ese rey tan atormentado por sus desvaríos y por sus pesadillas– pone en boca de su Macbeth algo que es también aplicable al pintor y a su obra: “Estamos hechos de la madera de nuestros sueños”; este enunciado podría, asimismo, provenir de Freud.
Sí, estamos hechos así, lo mismo que Vito Campanella ha hecho sus cuadros con la madera de sus sueños; esa madera, irreal pero tangible, de tantos de sus rostros, de sus cuerpos, de sus brazos, sus manos y sus piernas. Sueños opuestos, pero tan creíbles a la contumacia de lo cierto, de lo efectivo, de lo existente y de lo auténtico. Sueños que nutren y alimentan saludablemente a sus fantasías, a sus ensueños, a sus alucinaciones, a sus entelequias y a sus espejismos, sustentados y vueltos posibles gracias a su imaginación, a su inventiva, a sus utopías y a sus quimeras, sin las cuales ni la vida ni la muerte merecerían ser experimentadas, sentidas o transitadas.

César Magrini
Escritor y crítico de arte



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